Son como los campos de Andalucía, las montañas repletas de olivos, el verde de las encinas, el frescor verdoso de los alcornoques y la oscuridad de los verdes pinos que con su altura te miran altivo y que cuando te acercas lo suficiente te dan la sombra justa que necesitas. Los vencejos revolotean esos campos sin camino aéreo ninguno mientras las golondrinas solo están de paso y los gorriones los habitan y los sienten hogar. Pero no es un verde general si no el verde de la mañana de agosto, la que refresca sin llegar a haber rocío, la que emborrona el horizonte con los rayos de sol ardientes, en la que se escuchan las chicharras y los gallos, en las que se respira azahar y haramago. No hay hojas suficientes para describir tus ojos, pero espero que intentarlo no sea en vano.